Amadeus es una película estadounidense de 1984, categorizada como película de culto,[cita requerida] en la categoría de cine de época. Fue dirigida por Miloš Forman y está vagamente basada en la vida de los compositores Antonio Salieri y Wolfgang Amadeus Mozart. Cabe aclarar que la supuesta rivalidad entre Mozart y Salieri es un recurso literario trasladado al guion cinematográfico y que no tiene ningún fundamento histórico. El guion es una adaptación de la obra de teatro Amadeus, de Peter Shaffer.
La película recibió 40 premios, entre ellos: ocho Premios Óscar, cuatro BAFTA, cuatro Globos de Oro y un Premio del Sindicato de Directores. En 1998, el American Film Institute situó la película Amadeus en el puesto N.º 53 en su lista de las 100 películas más representativas del cine estadounidense.
Reparto
- Tom Hulce como Wolfgang Amadeus Mozart.
- F. Murray Abraham como Antonio Salieri.
- Elizabeth Berridge como Constanze Mozart.
- Roy Dotrice como Leopold Mozart.
- Simon Callow como Emanuel Schikaneder.
- Christine Ebersole como Caterina Cavalieri.
- Jeffrey Jones como Emperador José II.
- Charles Kay como el Conde Franz Orsini-Rosenberg.
- Kenneth McMillan como Michael Schlumberg.
- Barbara Bryne como Frau Cäcilia Weber.
- Roderick Cook como el Conde Johann Kilian Von Strack.
- Milan Demjaneko como Karl Mozart.
- Peter DiGesu como Francesco Salieri.
- Richard Frank como el padre Vogler.
- Patrick Hines como el Kapellmeister Giuseppe Bonno.
- Nicholas Kepros como el Conde de Colloredo.
- Jonathan Moore como el Baron Gottfried Van Swieten.
- Cynthia Nixon como Lorl.
- Vincent Schiavelli como el Mayordomo de Salieri.
- Douglas Seale como el Conde Arco.
- Kenny Baker como el actor que parodia al Comendador.
- Vladimír Svitácek como Papa Clemente XIV
Título original – Amadeus

Música – W.A. Mozart
Fotografía – Miroslav Ondricek
Música
Argumento
La película cuenta la vida de Wolfgang Amadeus Mozart (Tom Hulce), narrada por Antonio Salieri, el antagonista del filme (F. Murray Abraham). La historia, que no es lineal, comienza cuando el ya anciano Salieri intenta suicidarse tras haberse confesado culpable del asesinato de Mozart, que no habría muerto por causas estrictamente naturales. Los criados de Salieri, tras derribar por la fuerza la puerta tras la cual se encontraba el ensangrentado y moribundo anciano, inician un traslado de urgencia del cuerpo a un sanatorio. Allí, ante la amenazante posibilidad de que este volviese a intentar quitarse la vida, un joven sacerdote es enviado a su alcoba para escuchar su confesión. El padre, apellidado Vogler, pronuncia una frase conocida y usada incluso a día de hoy por los religiosos: «Todos los hombres son iguales ante los ojos de Dios». Esta afirmación inofensiva desencadena el más profundo rencor de Salieri, quien responde sarcástico: «¿Lo son…?». A raíz de esta frase, decide contar la historia sobre sus gloriosos años en la corte del emperador de Austria. Un relato plagado de celos, mediocridad y también una admiración enfermiza. Un ambicioso Salieri, aún en edad adolescente, hizo un pacto con Dios; el chico le entregaría su castidad y su afán de trabajo a cambio de que le fuera concedido un gran talento musical para poder glorificar al creador con sus composiciones.
En la etapa inicial de la narración, Salieri todavía no había conocido personalmente a Mozart, pero sí que había oído hablar de él y también era seguidor de su música. Antonio Salieri admiraba las composiciones de Mozart y estaba más que emocionado ante la posibilidad de poder conocerle durante un salón literario al que había sido invitado y en el que se interpretarían algunas de las obras de Mozart bajo la batuta del mismísimo compositor. Sin embargo, cuando finalmente encuentra a Wolfgang, Salieri queda decepcionado ya que su vulgar personalidad no concuerda con la grandeza de sus piezas. De hecho, la primera vez que comparte espacio con Mozart, encuentra al joven arrastrándose por el suelo y jugando con su futura esposa Constanza Weber (persiguiéndola y haciendo chistes obscenos, usando las palabras al revés).
Salieri, que había sido católico devoto durante toda su vida, no puede soportar que Dios haya elegido a un ser que él considera despreciable y no a él como receptáculo de un don tan puro, por lo que termina renunciando a su religión y fundiéndose con su funesta ambición frustrada, ya imposible de ignorar. A partir de una cadena de desafortunados sucesos que enlazan a ambos personajes, Salieri decide hacer todo lo que esté en su poder para dinamitar la imagen de Mozart, a quien admira y detesta a partes iguales.
Durante el resto de la historia, Salieri se hace pasar por amigo de Mozart mientras a sus espaldas se esfuerza por destruir la reputación del compositor y mermar poco a poco el éxito de sus piezas. En muchas ocasiones, la intervención del propio Salieri ante el emperador José II es lo único que permite que Mozart, por quien siente simpatía, logre sobrevivir.
La historia, que inicialmente se muestra cómica, brillante e incluso entrañable, adquiere tintes cada vez más oscuros a medida que Salieri destruye cada hilo que unía a Mozart a la vida: un matrimonio que había sobrevivido a la oposición de ambas familias, una reputación labrada desde su tierna infancia y por último su salud, tanto física como mental.
Una última secuencia muestra el entierro del incomprendido genio, desprovisto de toda identificación, en una fosa común. Diluvia alrededor, y los únicos que quedan para verlo partir en coche rumbo al panteón son Constanza y el propio Salieri, las dos personas que lo amaron. Constanza a su persona y Antonio Salieri a su irrepetible estrella.
En el presente, Salieri termina su narración dejando sorprendido al sacerdote, quien en un último esfuerzo por salvar su alma, le pregunta si se arrepiente de lo que hizo ante Dios, cuando este está por contestar, un enfermero del sanatorio aparece y se lo lleva para que desayune. Antes de salir, Salieri le dice al padre que no se preocupe por él, pues ahora es “el santo de los mediocres”, dejando al padre confundido. Mientras el enfermero lleva a Salieri en una silla de ruedas, este, ya completamente loco, comienza a “absolver” a todos los pacientes llamándolos mediocres.
El último plano muestra al compositor feliz mientras es escoltado, al mismo tiempo que se escucha la risa de Mozart, que tanto irritaba a Salieri. La toma se va a negro y la película termina.
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